Me vi obligada a decir lo que no creía que era verdad. Pero
no bastó. ¿Cómo saber qué es verdad de ese lado del muro? ¿Cómo decir lo que
sentía si el Ser es el génesis y las palabras son lo acabado? ¿Cómo entender
este mundo si todo lo creado en él es posterior a la realidad? Tan material.
Al pronunciar esas palabras un aire
áspero rozó mi aliento. Y me detuve.
Sin mediación alguna, me llevaron hacia el otro lado del
muro. Esta vez para siempre, ya no había marcha atrás. Tal vez como un castigo,
aunque, sin saberlo, me llevaron hacia la libertad.
De este lado no habían discursos, no había manipulación,
certezas, ni llantos. Simplemente, no habían palabras. Para los que habitaban
el otro lado esto sería una tortura o una anulación del ser humano. Pero para mí, era volver al núcleo de lo real. Fue volver a
encontrarme y saber que nunca más volvería a atravesar esa pared.
Nunca necesité de las palabras para saber lo que es bello,
porque lo vi a través de las flores que
se abren para mostrar la majestuosidad de sus colores. Los animales me
enseñaron que el sexo era libre. Conocí el infinito contemplando la grandeza
del mar y él mismo me enseñó que todo era posible a través de los más diversos
y fascinantes animales que acobija en sus profundidades. De él aprendí también
la furia de sus tormentas que no perdonan. Y sentí el placer del alivio cuando
apareció un aliado alejando las nubes para llenarnos de luz y fundirnos en un
cálido abrazo hasta soltarnos y dejar que la luna ilumine nuestros misterios.
Las palabras no existían previamente. El alma, el cuerpo,
las hojas de los árboles cantando con el viento. La sensación de las patas de
una hormiga recorriendo en movimientos infinitos mi mano, la brisa del rocío de la noche, el olor de tu cuello...
Eso era todo.
Mientras yo estaba allí, del otro lado, las palabras me
atravesaban como el líquido de la jeringa recorre espesamente cada centímetro
de la vena inyectada. Cada palabra se metía en mis oídos y quedaban girando en
busca de un sentido. Un significado.
Cuando pude decir que yo ya no pertenecía a ese mundo. Que
sólo quería volver a ver abrirse una flor, bailar junto a la música del mar,
que las estrellas me indicaran el momento de ir a dormir. Esa mujer, la que
anotó durante todos esos años lo que yo decía, sentada en un oscuro cuarto con
olor a muerte, me interrumpió y me sentenció. Me vi obligada a darle la razón y
aceptar que nunca entendí el mundo.
Hoy puedo pasar mis días en silencio, escuchando el aire,
soñando con todo lo que alguna vez pude ver. Aunque cada puesta de sol me
recuerde que no estoy en el mundo, cada vez que viene ese hombre vestido enteramente
de blanco a darme las cápsulas que no me permiten ver la luna. Ya sólo vivo con
la calidez y los abrazos del sol y sin misterios para iluminar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario