Sigo aferrada a la creencia de que no hay nada más alentador en esta vida que aprender. Todos los días, si tenemos suerte, aprendemos cosas nuevas. Ayer, por ejemplo, aprendí que “O sea” se escribe separado. Me causó la misma sorpresa que cuando me di cuenta de que “así que” también se escribía por separado. Y ni que hablar del día en que de muy mala manera me corrigieron para decirme que “transgiversar” no era una palabra, sino que se decía tergiversar. Todos esos años empleando mal esa palabra frente a personas que tampoco tenían idea de su verdadera identidad.
A veces no puedo evitar querer incluir la palabra “vilipendio”
en cualquier conversación y tampoco puedo
explicar la emoción que sentí el día en que en una clase de Ciencias Políticas
adquirí el término “cleptopatrimonialista". Todavía no la puse usar. Lo haré el
día que tenga que dar mi opinión sobre los gobiernos latinoamericanos.
Metomentodo es una palabra. Lo juro.
Adquirir palabras
nuevas genera en mí cierto tipo de éxtasis difícil de explicar y raro de asumir
en un principio. Con muy pocas personas puedo compartir este sentimiento.
Pero esta pasión por la lengua es como un insignificante neutrón en medio de la Vía Láctea comparado con lo que estoy aprendiendo estos días.
Todavía no sé bien qué pensar ni mucho menos que escribir. Aunque sé que lo que estoy
protagonizando en estos días va a ser un módulo importante en el libro
de historia de mi propia vida.
Mientras tanto,
seguiré concentrada en este momento de anagnórisis.

