En Chile mientras el sol trabaja incansable las nubes se hacen las distraídas. Los que
transitan por el centro sobre las baldosas acostumbradas al paso agitado de los
días hábiles, esconden sus miradas fugases e indecentes tras su apariencia
colmada de moral y sus atuendos respetables.
En Chile las palabras se esconden atrás de las paredes y las
sonrisas se muestran en la cara.
Las cosas parecen estar ordenadas.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo al percibir el tangible
parecido entre este Santiago que estoy viendo y el Buenos Aires de los 90 que
viví casi sin percibirlo pero del cual
sigo pagando las consecuencias.
En Santiago parece que todo funciona, en realidad, todo
funciona. Pero hay algo escondido bajo la tierra y está latente.
A veces hay temblores,
pero es cuestión de acostumbrarse.
En Chile, "el país de los poetas", los libros tienen impuestos
altísimos. Jorge Teillier, Neruda, entre tantos otros, hoy son un lujo. En
cambio, los i Phone y las camaritas digitales: para todos.
En Santiago subí dos cerros, anduve en metro, tomé jugo de
chirimoya y caminé desde Puente Alto hasta el barrio Lastarria del cual me enamoré. Allí encontré una tienda de
libros usados, cafés literarios, ferias, gente en bicicleta, diseños
independientes y a alguien especial.