Levanté el flequillo y allí estaban. Una bajo la otra de
manera irregular pero precisa. ¿Era eso que estaba pensando? Subí y bajé las
cejas varias veces y luego me quedé inmóvil, con los ojos clavados en la frente
a través del espejo, más tiempo de lo que un observador normal. Tenía la ilusión
de que fueran causa del movimiento. Pero
no. Venían para quedarse. Marcaron su territorio.
Sentí lo que se siente ante lo nuevo y desconocido. Dudas, incertidumbre, miedo. ¿Es este
el fin del principio? ¿Es este el aviso de que la juventud le pertenece sólo al
tiempo? Sí.
No voy a mentir y decir que me horroricé. Las acepté
sin más. Bajé el flequillo y seguí con lo mío. Aunque debo admitir que algo cambió. Ayer no las había visto. De hecho, desde que nací hasta ahora.
Y Ahí van, tan pretenciosas, al frente y arriba de todo, como
indicando el camino. Están en el presente, representan al pasado y sabemos que
serán más en el futuro.
No queda más que darles la bienvenida ya que son tan espontáneas e imprevisibles,libres, mías.

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