¿Quién es esa persona que porta ese nombre? Tal vez viva según el nombre que posee y se haya convertido a lo largo del tiempo en ese nombre. Es la misma que nació de esos padres, en esa casa, en esa ciudad. La que escuchó esos consejos, la que llora por lo que no pudo ser, la que no se anima a escribir sus sueños, porque claro, los transformaría en palabras.
La vida sin palabras. Las cosas sin palabras. La cosa. Esa
cosa es la vida, la esencia. Un viaje hacia lo ancestral, al núcleo, lo
antiguo, lo primario, lo primero. Pero ¿cómo reaccionaríamos al encontrarnos
con esa pureza aplastada y enterrada debajo de tantas palabras, hechos,
historias? La pureza no es para todos. La cosa es la libertad. La verdadera
libertad que consiste en despojarnos de todo lo que conocemos, de todo lo que sabemos y planeamos, de lo que somos y de lo que
queremos ser. Principalmente de las personas que conocemos, que amamos y queremos. Ellos no nos quieren libres porque son iguales a nosotros. Simplemente y tan
dolorosamente ser. Solos. Porque no
fuimos criados para ser libres y si queremos serlo, si realmente decidimos elegir
la libertad, si elegimos viajar tan profundamente, tan hondo en dónde sólo hay
oscuridad al principio, entonces
elegimos también la soledad.
La única excusa para no hacer ese viaje es no poseer la
fuerza necesaria. Porque el miedo no es una excusa.

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