Mientras todos trabajan para producir dinero y bienes
materiales, yo andaba sobre ruedas en un paisaje colorido y a la vez nublado.
Casi sola, algo que sería muy valorado un domingo por la tarde en ese lugar.
Entonces, hice otra cosa que mi conciencia cristiana adquirida a través del agua bautismal y con esa voz llena de culpa que la caracteriza, me repetía incansablemente que no debía hacer. Tomé un
té con leche. Era ya el horario de almuerzo y seguía estando muy lejos de donde se trabaja. Me
dispuse a leer cuando un vendedor ambulante entró al recinto.
Vi de reojo como se dispersaba por las mesas ofreciendo su
producto sin el menor pundonor. Y yo, que ya no le prestaba ninguna atención a
lo que leía, esperaba mi turno de convertirme en su ocasional clienta.
Había planeado mi pregunta inteligente, transigente, rebelde
y casi heroica: -¿Qué es? Aunque estaba más que claro lo que era. Sin titubeos
y dando por sentado que estaba frente a la persona más ignorante en cuanto a botánica
se trataba, me contestó:-un tallo.
Un poco decepcionada al no escuchar algún otro tipo de
justificación para la venta de tallos, que podrían ser propiedades mágicas o
sanadoras, le agradecí y continué con la
lectura.
Alguien que toma té con leche a la hora del almuerzo muy lejos de la sociedad trabajadora no está en condiciones de juzgar a un vendedor de tallos. Simplemente hoy no quería un tallo.
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