lunes, 20 de mayo de 2013

Flores sin cabeza



Mientras todos trabajan para producir dinero y bienes materiales, yo andaba sobre ruedas en un paisaje colorido y a la vez nublado. Casi sola, algo que sería muy valorado un domingo por la tarde en ese lugar.
Entonces, hice otra cosa que mi conciencia cristiana adquirida a través del agua bautismal y con esa voz llena de culpa que la caracteriza, me repetía incansablemente que no debía hacer. Tomé un té con leche. Era ya el horario de almuerzo y seguía estando muy lejos de donde se trabaja. Me dispuse a leer cuando un vendedor ambulante entró al recinto.
Vi de reojo como se dispersaba por las mesas ofreciendo su producto sin el menor pundonor. Y yo, que ya no le prestaba ninguna atención a lo que leía, esperaba mi turno de convertirme en su ocasional clienta. 
Había planeado mi pregunta inteligente, transigente, rebelde y casi heroica: -¿Qué es? Aunque estaba más que claro lo que era. Sin titubeos y dando por sentado que estaba frente a la persona más ignorante en cuanto a botánica se trataba, me contestó:-un tallo.
Un poco decepcionada al no escuchar algún otro tipo de justificación para la venta de tallos, que podrían ser propiedades mágicas o sanadoras, le agradecí y continué con la lectura.
Alguien que toma té con leche a la hora del almuerzo muy lejos de la sociedad trabajadora no está en condiciones de juzgar a un vendedor de tallos. Simplemente hoy no quería un tallo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario