Dicen algunos estudios
psicoanalistas que la mayoría de los suicidios ocurren los domingos a la tarde
o durante la primavera. Así como florecen los árboles y el sol es más fuerte,
los problemas y las angustias también. Un domingo a la tarde de primavera puede
ser un gran banquete para los débiles.
Amo demasiado vivir
como para hacer algo así, pero no me hago la distraída y asumo que la idea se
pasó por mi cabeza alguna que otra vez. Más que nada como un desafío. En ese
momento en que sentí que no controlaba mi vida, sino al revés. Es un estado de
con fusión. Uno cree que quitándose la vida va a solucionar las cosas y no,
simplemente se termina. Nos quedamos sin la posibilidad de arreglar eso que
estaba mal o simplemente aprender y
seguir adelante. Y sí, hay que ser valientes para vivir y todos los días
ejercer esa valentía un poco. A veces mucho. De eso se trata creo. Y no, uno no
controla la vida y ahí está lo maravilloso.
De lo que más
aprendemos es de los errores y las tristezas que son estados. Nada más. La vida
es otra cosa. Algo mucho más grande. Y aunque los momentos de felicidad sean
pocos y casi imperceptibles en el recuerdo, valen la pena. Y siempre llegan.
Siempre. Se quedan un rato y se van para darle entrada a un nuevo desafío. Todo
este esfuerzo y confusión que es vivir vale.

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