Físicamente la
distancia entre los pies y la cabeza es la más larga del cuerpo. Aunque el
maestro de kabbalah, Yehuda Berg, sostenga que la más lejana es la que existe
entre el cerebro y el corazón.
En el colectivo yendo
a la casa de no sé quién y luego de
haber revisado mi cartera con el objetivo frustrado de encontrar algún libro o
aparato musical que me distrajera, comencé a observar mis botas. Unas texanas
nuevas, duras, de no muy buena calidad. Pero lindas. Recordé a mis texanas
viejas porque estas no tenían ninguna marca importante de uso. Caminé mucho con
ellas, en invierno, verano, lluvia, sol, nublado. Pensé en el día en que me las
compré, en los lugares que visité, los viajes, los amores, las comidas, las
gotas de lluvia. Pensé en los chicles pegados en el asfalto, en la tierra de
las plazas, en la arena. Pensé en mí. Fue un momento de realidad. Sí, en el
bondi, lleno de realidades, de incomodidades, malos humores, malos olores, celulares,
miradas fugaces. No valía la pena mirar por la ventana o recordar paisajes
coloridos. Estaba en un transporte público, en invierno, en Buenos Aires, con
25 años, cansada y con botas nuevas. Porque hoy me animé a mirarme
los pies, o los pies que están en el piso. Que están muy lejos de la cabeza, muy
lejos de donde quisiera estar. Yeno a la casa de no sé quien. Porque no había encontrado la música o el libro que
ayudan a escapar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario