miércoles, 23 de noviembre de 2011

Relato Breve




Grandes ventanales que reflejan con transparencia y sin manchas la estática de los cuerpos en delicado y marcado movimiento. Mozos que van y vienen. Consumidores que piden para esperar pero que lo hacen sin mirar. Del otro lado de los vidrios, otro mundo. Gente caminando frenéticamente para no defraudar al reloj. Por una milésima de segundo y como un reflejo inevitable, conectan sus miradas apresuradas con los que estamos adentro del bar. Aunque poco común, algunos rozan sus ojos con los del otro mundo pero siguen su camino. Y me pregunto que pasaría si se hubieran detenido a mirar.
Muchas mesas, algunas juntas otras pegadas a la pared. Todas están ocupadas por personas solas, nadie la comparte. Algunos miran para afuera, como esperando que algo pasara para distraer su atención de lo que verdaderamente están pensando. Otros leen. Los demás escuchan música. Están casi solos.
A mi izquierda un hombre de suéter a rayas notó que lo estoy observando y por momentos levanta su mirada incómodamente para corroborar si lo sigo mirando. Todo  sigue un perfecto equilibrio, allí adentro todos estamos sentados consumiendo alguna cosa que nos ofrecía la carta. No podemos traer nada de afuera. Y al salir a la calle, todos se dirigen hacia algún lugar que tal vez no eligieron, que  muy probablemente no eligieron.
El del suéter me volvió a mirar, pero yo estaba concentrada en otro pensamiento. Creo que se sintió decepcionado.
Compartíamos esa soledad de las mesas no compartidas. Sentía algo parecido a la satisfacción. Aunque esa ilusión no duró mucho más. Lo que me temí pero sin embargo no quise reconocer por miedo de opacar mi emoción comenzó a suceder. Primero con uno, luego fueron todos los teléfonos celulares sonando y la armonía se quebró. Las mesas se empezaron a llenar y el silencio a vaciar. Y fue en ese instante en el que por primera vez comencé a sentirme sola.

No hay comentarios:

Publicar un comentario